UNA FRASE QUE PODRÍAMOS UTILIZAR TODOS UN POQUITO MÁS A MENUDO

En la consulta trabajamos con muchas personas que quieren resolver sus problemas, y nos miran a los que estamos allí buscando respuestas.

¿Cuándo me va a dejar de doler esto?

¿Cuándo voy a poder volver a jugar al tenis?

¿Cuándo va a empezar a dormir mi niño toda la noche?

Y así un larguísimo etc.

Entiendo perfectamente la necesidad que les motiva a hacer esas preguntas, pero la verdad es que NO LO SÉ.

Cada persona es distinta, cada situación también lo es y mi trabajo no es controlar lo que vaya a pasar, sino ayudar a todas esas personas a que esa inteligencia que nos ha hecho a todos y que nos mantiene vivos, funcione sin ningún tipo de interferencia.

El cuerpo es sabio, y la mayoría de las veces, si no es demasiado tarde, cuando liberamos esa interferencia el cuerpo repara y volvemos al equilibrio. Comenzamos un proceso necesario para vivir mejor, más conectados y con más posibilidad de sacarle el mayor partido a nuestro día. Así de sencillo.

Hoy voy a compartir con vosotros las posibilidades que se generan cuando somos conscientes de que no controlamos lo que nos pasa, y dejamos y confiamos en que esa inteligencia que sí controla, haga lo que mejor sabe y en la mejor de las circunstancias.

Es una historia que vivió el Dr. Stew Bittman, uno de mis grandes mentores y con el que cuento regularmente para mantener mi pasión, mi misión y conectar más conmigo misma.

Hace unos años, en la consulta que llevaba (también es quiropráctico aunque ya no trabaja activamente como tal), un señor empezó el cuidado quiropráctico por un dolor de hombro. El hombre quería saber si el dolor de hombro se le quitaría o no y en cada consulta le seguía preguntando si el dolor de hombro mejoraría.

Stew le contestaba cada vez que no lo sabía, que su trabajo no era arreglar hombros sino permitir que aquello que le había hecho el hombro en un primer lugar y que mantenía su corazón latiendo y el resto del cuerpo funcionando, lo hiciera de una manera más completa y sin interferencias.

Por supuesto, él tuvo la opción de “tratar” ese hombro, pero decidió no hacerlo, sabiendo que el cuerpo sabía mucho más que él. Pasaron dos meses y el hombre seguía quejándose del problema de hombro, y Stew decidió preguntarle qué había cambiado. La verdad es que no entendía por qué el hombre seguía yendo a su consulta sin notar absolutamente nada.

El hombre se sorprendió de la pregunta, y no fue capaz de describir qué había cambiado. Realmente, seguía exactamente igual. Stew decidió un día preguntarle a la hija que le acompañaba en cada visita. Una niña de 5 años que pacientemente esperaba a su padre jugando en la sala de juegos de su consulta.

Ese día decidió preguntarle a ella, y para su sorpresa, la niña rompió a llorar. Un lloro desconsolado que sorprendió tanto a Stew como al padre. Dejaron que la niña se desahogara y cuando recuperó el aliento la niña dijo: “desde que mi padre viene a ajustarse, no ha vuelto a pegarme”.

Cada vez que escucho esta historia, o ahora mismo que la estoy leyendo, se me ponen los pelos de punta. Es un gran ejemplo de que somos mucho más que un cuerpo físico, y que el efecto del ajuste no siempre se ve, no somos conscientes, pero que está, y que la inteligencia innata que controla nuestro cuerpo sabe priorizar qué es lo más importante para nosotros en cada momento.

Stew no necesitaba saber que le pegaba a la niña ni nada por el estilo. Su trabajo no era centrarse en eso, sino poner todo el esfuerzo en hacer que todo funcione como debe, y como consecuencia, pasó lo que pasó. Mucho más importante que el que el hombro dejara de molestarle, ¿no creéis?

Nosotros no hemos tenido situaciones tan dramáticas, pero sí respuestas que nos sorprenden a todos: personas que siguen con el dolor de espalda pero que de manera natural se les ha regulado el colesterol y la tensión, personas que siguen centradas en un problema sin apreciar que duermen mejor y que el cuello ya no les duele ni les limita y muchísimas historias más. Recuerdo una vez que una chica joven me comentó que su marido le dijo que no entendía muy bien lo que hacíamos en la consulta, pero que no lo dejara porque desde que se ajustaba, tenía más paciencia y estaba de mejor humor.

La quiropráctica no tiene como objetivo “arreglar” absolutamente nada sino ayudarnos a vivir de una manera más conectada, con un sistema nervioso libre de interferencias permitiendo que aquello intangible que gobierna nuestro cuerpo lo haga de la manera más eficaz. Que sea capaz de priorizar lo que realmente es importante para nosotros y que como consecuencia, vivamos mejor.

Decir NO SÉ cuesta. En la consulta, en el trabajo, en las relaciones con los seres queridos, tendemos a creer que las cosas dependen directamente de nosotros y que nosotros controlamos lo que nos pasa, y en cierta manera es posible, pero la verdad es que hay muchísimas cosas que no controlamos y nuestro único deber tal vez sea rendirnos a ese algo más grande que nosotros y poner todo de nuestra parte para vivir más conscientes y conectados.

Para mi, el ajuste quiropráctico es sin duda una de las maneras más eficaces de ayudarnos a conectar con el cuerpo. Olvídate de lo que duele y lo que no, y permite que tu cuerpo esté a su máximo potencial. Nuestra vida, como la de esa niña, depende de ello. No intentes controlar los resultados, confía y ajústate. Así de sencillo.

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